Hace ya casi un año que formo parte de un grupo de gente denominado Orillas. Sin embargo, todavía me cuesta mucho definirlo. Podría decir que es un grupo que realiza voluntariado social, en particular, talleres variados destinados a chicos de un barrio carenciado. Pero me quedaría corta. Porque Orillas es mucho más que eso. Orillas son reuniones semanales de debates y de preguntas como ¿cómo ir más allá? ¿cómo cambiar definitivamente la situación de esos chicos, no solo temporalmente? ¿cómo dejar una huella?
Por ejemplo, cuando los conocía acababan de hacer una campaña a favor del “matrimonio gay”. Sabiendo que su campaña no iba a cambiar la decisión de los legisladores, pero quizás pudiera cambiar la opinión de, al menos, algunas personas.
Este año, con todo el tema electoral y un pedido en particular de tratar el tema de los derechos del niño, estamos realizando una campaña denominada “La Política No es Juego de Niños“.
NUESTRA POSTURA
“Los menores no son sus carteles electorales. Cuando usen a los chicos, ¡NO LOS VOTES!”
Ver a candidatos políticos llevando a chicos en plena campaña es algo tan frecuente que nadie se lo cuestiona. Hemos llegado al punto de no sorprendernos cuando vemos a madres embarazadas y hasta con bebés en brazos en marchas y piquetes; en los mismos lugares en los cuales vemos amontonamientos, fogatas, personas con palos y hasta en algunos casos enfrentamientos con la policía.
A simple vista podría parecer que el proselitismo con niños no tiene nada de malo, pero desgraciadamente se convierte en el principio de una espiral ascendente de uso de una estética vacía y “simpática” , para seducir al votante, que tiene al niño como objeto y no como sujeto de derechos.
Es necesario tener en cuenta que, en muchos de estos eventos, son palpables las relaciones entre punteros políticos y personas de clases sociales vulnerables. En esta perversa cadena de favores en la que se degradan las prácticas ciudadanas, es el niño el eslabón más débil, el que se encuentra en un ámbito que implica prácticamente el trabajo infantil. El rol del niño en el acto es ser un número más, es trabajar de militante, es llevar banderas, es permanecer en columnas cerradas por cercos humanos y caminar lo que la marcha le exija. La elección de la familia beneficiaria del favor no es casual, cuanto más numerosa, cuanto más chicos puedan aportar a la marcha y contribuir nuevamente a la estética proselitista que mencionábamos antes y a la cantidad, mejor. Por esto decimos que el clientelismo agrava esta situación perversa para con el chico y lo coloca en un lugar de trabajo, por esto decimos que el chico no es un cartel, que tiene derecho a crecer en un ambiente sano y debe tener la libertad de formar su propio juicio y la posibilidad en el futuro de no concebir la política como el uso de unos por otros.
Sumado a esto, es curioso y hasta triste que los jóvenes se adhieran a partidos políticos que realizan estas prácticas, convirtiéndose así en cómplices de las mismas. Y lo que es peor, que garanticen su continuidad mediante la colaboración directa: vistiendo a chicos con cartelería en los meses de campaña, haciendo que lleven banderas, globos, que repartan folletos. Es curioso porque la política suele poner al joven en el lugar de contestatario, de fiscal de un proceso político y hoy somos muy pocos los que nos atrevemos a serlo. Es triste porque sabemos que el político que se beneficia de la pobreza no quiere acabar con ella y porque los jóvenes militantes de estos candidatos están dispuestos a militar la extorsión y la prebenda como forma de cambiar nuestra realidad.
No vamos a tomarnos con liviandad esta situación como si quisiéramos gozar algún día del capital político que muchos llaman con cinismo “el apoyo popular”. No vamos a seguir firmando cheques en blanco a los representantes de la Nación que creen que pueden seguir abusando de los derechos de los niños con estas prácticas y discursos extorsivos. Por esto decimos: En cuestiones políticas, con los chicos NO.
¿Qué es el clientelismo?
Se trata de una forma de vinculo particularista producido a partir de criterios personalizados entre una persona con mayor poder, estatus o recursos (el patrón), quien aprovecha su influencia para dar protección, servicios o favores a otras personas (clientes), que los reciben a cambio de otorgar su apoyo político. Entre ambas personas (patrones y clientes) pueden aparecer los denominados mediadores que desarrollan una especie de intermediación entre los servicios, bienes o favores provenientes del patrón, y fidelidad, asistencia, servicios personales, otorgamiento de prestigio o apoyo político-electoral que fluyen desde el cliente.
Las prácticas clientelares se dan con mayor intensidad en condiciones institucionales caracterizadas por la desigualdad, la discriminación y el desempleo. En contextos sociales con altos índices de pobreza e indigencia, las prácticas clientelares funcionan como verdaderas redes de resolución de problemas de supervivencia material a través de la mediación política personalizada en el acceso a recursos públicos en general, y a los programas sociales en particular. Esta especie de clientelismo político se construye sobre la base de la extorsión y de arreglos particularistas que obstaculizan la implementación de cualquier política social basada en un enfoque de derechos.
¿Por qué estamos en desacuerdo con esta práctica?
1. Se produce una relación desigual entre “patrón” y “cliente” en la que el segundo depende del primero debido a su situación de vulnerabilidad.
2. Los favores en retribución al apoyo político que el patrón exige son obtenidos por este a través de su cargo público; es decir, utiliza de forma ilegal los recursos estatales para lo que todos contribuimos con nuestro dinero.
Desde un enfoque de derechos, el clientelismo y la corrupción son esencialmente contradictorios e incompatibles con cualquier política pública que pretenda garantizar los derechos sociales de las personas excluidas por la pobreza y permanecer dentro de la Ley.
Desde Orillas creemos…
Con respecto al derecho a la libertad personal, dignidad, reputación, honor e imagen, los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a que se respete su dignidad, autoestima, honra, reputación e imagen propia, esto en base a relaciones de calidez y buen trato y respetando sus diferencias; y su libertad de ser y pensar, en un ambiente favorable para su desarrollo.
Por lo tanto, no es correcta la utilización de niños y/o adolescentes en programas de espectáculos de proselitismo como una forma de propaganda, uso político o mano de obra electoral.
“El político que los usa, el padre que lo permite, vos que no haces nada”




